Cuando nos referimos a las Iglesias, Ermitas y Conventos, ya sea en la ciudad de Cáceres o en cualquier otro lugar, nos estamos refiriendo a un tipo de arquitectura que es la religiosa. Por tanto, antes de empezar a describir los elementos que hemos ido documentando en ruta hay que hablar de las Parroquias, las cuales, en Cáceres podemos contar con cuatro y que fueron descritas con especial detalle por Boxoyo. Además de lugares oficiales de culto constituyen durante las edades Media y Moderna el modo de organización de la vida local. La vida parroquial se hallaba presente a lo largo de todo el ciclo vital de sus habitantes, en donde se procedía a su inscripción en los ritos de paso de bautismo, matrimonio, defunción y, finalmente, se convertía en el lugar de enterramiento de sus feligreses. Esta última función convierte los muros perimetrales, capillas adyacentes y el suelo en lugares escogidos por las familias importantes de la villa para situar su enterramiento privilegiado, de modo que podría expresarse el poder social y económico de cada una, por medio de magnitudes del espacio y volumen que ocupan sus enterramientos. Las más antiguas sepulturas de la sociedad instalada tras la conquista cristiana corresponden a la de los Yáñez, situadas en la parroquia de Santa María, con una conocida inscripción, en la que se señala presencia de enterramientos de hasta cinco generaciones.

La función funeraria de las iglesias parroquiales y sus proximidades estuvo vigente hasta la primera década del siglo XIX. Inicialmente se creó un cementerio en las proximidades de la entonces ermita del Espíritu Santo, hasta el establecimiento definitivo del actual en la falda NE del Cerro del Teso de San Blas en 1815. En éste ya fue inhumada Antonia Rosa Bojoyo, aunque las instalaciones actuales sean de fecha posterior. Es interesante la referencia que en la publicación manuscrita  de la Asociación de Cáceres, de 1813, se hace sobre la falta de higiene que suponen los enterramientos tanto en el interior de las iglesias como en los exteriores.

Al año siguiente de estas críticas, se materializaría ese deseo de contar con instalaciones funerarias fuera de la población. En 1814 se mencionan enterramientos en el cementerio provisional de la villa y pocos años después en el cementerio permanente, en ambos casos en el Espíritu Santo. De éste sólo se conserva actualmente la portada, formada por un arco de medio punto y su correspondiente reja de hierro instalado en una isleta de tráfico como única  referencia de su existencia, obra que fue resultado del encargo que realizó el Ayuntamiento a Narciso Gallardo, y la capilla costeada por Cayetano Golfín.

La queja era endémica, porque Ponz ya lo había expresado en similares términos unos años antes, aunque por motivos estéticos. Los lutos que se observaban en algunas iglesias eran de carácter efímero y su progresivo deterioro provocaba un deprimente espectáculo. No se conocen en el siglo XVIII estudios que hagan referencia expresa a los funerales por los reyes, como el que existió en el siglo XVII para los de Felipe IV. Es interesante todo el decorado barroco dedicado al fallecimiento del monarca en la Parroquia de Santa María, realizado todo ello en arquitectura efímera, rodeado de inscripciones honoríficas y funerarias. Aunque Boxoyo no haga ninguna otra referencia al rito funerario en su siglo, éste ha sido reconstruido en todas sus vertientes sociales en la relación con el consumo directo que significaba en el entorno de la villa, por M. Santillana a partir del análisis de los testamentos.

El rito de paso de la muerte queda perfectamente contemplado en sus diferencias, en la búsqueda de la inhumación privilegiada, que responde a la que ya existía en los siglos anteriores como signo de gasto social. Los entierros de personajes  de familias notables de la villa implicaban verdaderas transformaciones arquitectónicas en las parroquias o incluso, como señala Bartolomé Sánchez, el que no puedan celebrarse los ritos de Semana Santa por el fallecimiento de Rodrigo de Godoy Carvajal en marzo de 1652. Los demás habitantes de la villa, si eran miembros de alguna cofradía piadosa, entre cuyos fines estaba la asistencia de los hermanos al entierro, se aseguraban cortejo y ataúd, utilizando el común de la misma. Pero en el caso de no pertenecer a ninguna hermandad benéfico-piadosa, correrían el riesgo de ir al descubierto, como criticaba también un miembro de la citada Asociación de Cáceres.

Las cuatro parroquias, tal como han llegado a la actualidad, son edificios realizados de un modo acumulativo a lo largo del tiempo. Se trata de sucesivas adiciones de capillas sufragadas por familias de la villa para exhibir su prestigio social y poder económico. Pero también habría que añadir las oblaciones de fieles anónimos que no pudieron quedar fijadas en piedra de modo personalizado. Altares, retablos, enterramientos, fueron algunas de las inversiones realizadas en vida por personajes de esas familias para situar más tarde en sus proximidades su inhumación. Los casos que pueden destacarse son los sepulcros de bulto redondo situados entre la capilla mayor y la sacristía de Santa María, ya desaparecidos, de los que quedan los frontales, repartidos por distintas zonas del templo. Curiosamente subsisten los enterramientos de los Yáñez, ya citados como los más antiguos, atestiguados mediante epigrafía, que Boxoyo reproduce a partir de Ulloa.

En lo que se refiere a los conventos la primera casa de religiosos regulares asentada en Cáceres fue el convento de San Francisco, posteriormente, la segunda comunidad regular corresponde a los dominicos. El lugar elegido fue también fuera de los muros de la villa en el camino hacia Castilla. Era una zona que ya había comenzado a urbanizarse desde el siglo XV, a juzgar por algunas casas fortificadas como la de los Carvajales frente al Hospital de Sancti Spiritus o los situados al final de la calle Empedrada, hoy General Ezponda, correspondientes a los únicos edificios conservados, pero pudieron ser más los existentes ya desde el siglo XV.

Y por último las ermitas, cuyo número era y es elevado en Cáceres como consecuencia del elevado número de cultos populares, a las advocaciones de santos especialistas en determinados favores y al desarrollo de las cofradías como fórmula de organización social. P. Hurtado ya ofreció un listado de ellas. Más recientemente M. M. Lozano realizó un análisis del urbanismo de los siglos XVI al XIX, que permite un seguimiento de la mayoría, así como de su situación dentro y fuera del tejido urbano. Recientemente A. Corrales ha publicado un trabajo en que se recoge la información anterior, pero sólo muy pocas han recibido un tratamiento monográfico.

La minuciosa descripción de las ermitas que realiza Boxoyo en las Noticias responde a su condición de sacerdote y miembro de algunas de las cofradías creadas en ellas, tal como ha señalado T. Pulido. Las descripciones están concebidas de modo topográfico, siguiendo un recorrido o visita secuencial. Parece que tuviese cerca de él un plano local, actuando como un perfecto conocedor de la exacta posición de cada una de ellas para facilitar su relación, como si de una fórmula nemotécnica se tratara y no olvidarse de ninguna.

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